Es asombroso el grado de sensualidad y seducción que un lugar puede llegar a despedir. Es como percibir en el ambiente una especie de adecuación a un momento.
Así se sienten los tambores en Choroni. Las personas caminan, hablan y bailan, absortas y trastornadas por un clima tan poderoso como embriagador.
El golpe suena y el local lo siente; también lo siente la extranjera. La raza sale y maravilla, encanta y no decepciona. La blancura nórdica cae perpleja ante la negritud autóctona. Se propicia una ceremonia, entonada por el aguardiente. No es mentira que Venezuela sea todavía un país por descubrir. Existen cantidades de playas, montañas y llanuras desconocidas hasta por los más audaces exploradores. Alguna vez Choroni fue eso. Un paraíso oculto, del cual pocos sabían. Sin embargo, aun cuando en temporadas altas las hordas de personas desembocan sobre sus playas y posadas, su encanto no ha sucumbido ante barbarie vacacional.
La angosta carretera que atraviesa el Parque Henri Pittier nos advierte un poblado diferente. Se viene de la neblina y de contemplar la más característica vegetación de montaña; para luego observar casas de colores y sentir el calor de las costas aragueñas.
Muchas casonas han sido tomadas para ser convertidas en posadas y albergues, una buena opcion para encarar al turismo creciente. Las más antiguas se lucen restauradas, en fuertes tonos amarillos, azules, rosas y rojos.
El pueblo de Choroni sigue muy austero. Así lo han querido mantener. La generosa afluencia foranea ha marcado huella con distintos restaurantes de comida internacional que ahora ofrecen sus menús a los que vuelven de la playa.
Después de las 8:00 PM, todo el malecón de Puerto Colombia se empieza a llenar de rostros y cuerpos bronceados. La noche se conjuga con la fiesta y el flirteo juvenil.
Arena hasta los tuétanos
La primera playa de Choroni es Playa Grande. Es allí donde se agolpan, en días feriados, las personas que vienen en los repletos autobuses. Consta de todos los servicios de un buen balneario popular: duchas, baños, restaurantes, toldos y sillas. Aun cuando el hombre ha logrado edificar un eficaz punto de recreación, la naturaleza no ha cedido y el oleaje de esta playa se conserva bastante fuerte.
Una opcion más a la ligera es Playa Diario. Escondida de las miradas multitudinarias, solo se le puede acceder a pie o en bote. Su cualidad es aprovechada por los amantes de la naturaleza, que pueden permitirse tomar el sol al natural; sin ropas ni presiones.
Un paseo en lancha desde Puerto Colombia puede llevarlo a otras ideales extensiones de arena. Chuao es la primera referencia. Parece mentira, pero es allí donde se cultivaba y fabricaba el delicioso cacao venezolano que cautivo al mundo entero. Precisamente allí, en el poblado después de la playa, donde solo existe un aparato de teléfono. Ramón, artesano de profesión que siempre ha vivido cerca de la playa, cuenta el carácter prehispánico de la zona: "Yo construí mi casa en esa colina, cerca de esas palmeras. Cuando la gente de la guardia me vino a desalojar, yo les dije que aquí Vivian indios y que yo había conseguido un cementerio debajo de mi casa". Cementerio o no, el embrujo de Chuao es tan fuerte como el de Puerto Colombia, solo que "más sano", según el sabio artesano. En este humilde poblado también se fabrican los tambores que hacen estremecer a los turistas y locales.
Densa cultura
Por muchos años, artistas e intelectuales venezolanos han acudido a Choroni para resguardarse del agite cotidiano, o simplemente para gozar un poco de la vida. Entre estos selectos círculos, son bien conocidos los saraos improvisados. Existe un lugar que engloba la esencia de la cultura venezolana de una forma exquisita. Es la Fundación Agua Fuerte, presidida por el padre Ignacio Sosa. El lugar suele albergar funciones teatrales, exposiciones de arte y conciertos musicales. Sin embargo, el principal atractivo es que todo ocurre en los restos de una planta eléctrica de principios de siglo, ubicada en lo profundo del bosque. Un caudaloso rió proporciona suave sonido y sincera frescura, que equilibran la obra del hombre con la perfección de la naturaleza.